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Título: Diario de un fantasma Guión y dibujo: Nicolás De Crézy Editorial: Ponent mon
Que un fantasma como visión quimérica, como aparición desde el más allá, es algo que puede ser fantástico o real, siempre dependerá de lo que piense cada uno sobre ello. Que también puede ser una persona que tiende a la presunción de forma entonada, es otra posibilidad sin duda. Pero que los dibujos sean, de alguna forma, como una especie de fantasma a partir del momento en que se deposita el trazo, en que termina la acción de dibujar, quedando de forma inmutable y momificada sobre el papel, pareciendo que está muerto al plasmarse como dibujo, pero que cuando se percibe como un conjunto en toda la obra, éste, se ve como impregnado de algo que hace que cobre vida. Ésta es sin duda, una definición de fantasma cuando menos curiosa. Ésta es la historia de un fantasma un tanto atípico que busca encontrar su identidad a través de dos viajes formativos, uno a Japón y otro a Brasil, para reforzar sus creencias por lo que más ama, el dibujo. Si de algo se puede tildar esta nueva obra de Nicolas de Crécy es, sin duda, de extraña, experimental y metafórica, pero sobre todo de intimista. Nos veremos envueltos en un viaje a la consciencia de un autor que pretende saltarse todas las normas, todas las realidades, para iniciarnos en un tour a través de sus miedos y fantasmas. Pero, ¿por qué tanto miedo por sus fantasmas? Es obvio que el desnudar los secretos de uno como dibujante puede llegar a causar pavor a más de uno. Sobre todo cuando ese puente onírico entre el creador y sus sueños, entre sus dibujos y su percepción de las cosas, se ven plasmados con dibujos que son como objetos lanzados sobre la página, se mueven libremente y dependen no sólo de sus emisores, sino también de la interacción entre ellos y hacia el receptor. La necesidad de un tiempo para poder digerir y desconectar el trazo de su modelo, a la vez que conectar con ese romanticismo que parece que se ha echado a perder, ese arte auténtico y sincero, cuyo objetivo no es buscar un resultado cómodo y apetecible para el autor, y que, sin duda, no acaba de ser satisfactorio, bien sea por atajos fáciles, tics difíciles de controlar o métodos ya aplicados mil veces, pueden también acabar por transformarse en esos fantasmas que parecen perseguir a todo autor durante su vida artística. Ser creativo y, a la vez, estar en comunión con uno mismo, no debe ser fácil. Tener que controlar el trazo, hacerlo simple pero directo, consiguiendo llegar a ese punto en el que cobra tal fuerza que consiga que no se deshaga a los ojos del autor, en el momento de su creación, tiene que ser algo realmente complicado. Nicolas de Crécy es sin duda un autor personal. Pocos hay en el mercado de los cómics como él. Su obra siempre ha tenido ese punto tan particular de contarnos las cosas, de introducirse a los ojos del lector, desde una vertiente a medio camino entre lo real y lo irreal, intentando que esa especie de parto tan difícil de llevar a cabo no sea impedimento para podernos expresar de una forma tangible, todas sus ideas y experiencias. Se nos revela como alguien al que no le gusta la manipulación, ni los bonitos discursos, alguien que no consiente sufrir ataduras que resientan su obra de alguna forma. Leer este cómic es conocer a De Crécy, amar lo que el ama, odiar lo que no le gusta, pero, sobre todo, descubrir lo que él siente por el dibujo, el por qué de sus dibujos y el por qué de su amor por dibujar. Él mismo lo dice "Dibujar es lo más natural en mí, lo más excitante, un objeto sentimental, una construcción, una energía, una liberación, un apoyo, casi una respiración. Dejo que mi trazo corra sin intentarlo detenerlo". Él mismo se siente como un fantasma que cobra consciencia, siente que está por algo, pero que, aún con todos sus esfuerzos, le resulta imposible percibir ¿qué es realmente? ¿quién conduce su existencia? ¿su identidad? ¿sus propias acciones? Algo borroso y poco definido es cómo se siente este fantasma, como si flotase sobre un proyecto abstracto con el que no encuentra una forma detallada que tener. La verdad es que se esfuerza en mantener su forma de una manera fluida, compacta, controlable, pero ésta se resiste y tiende a deshacerse, desbaratarse, deformarse. Un fantasma sin forma definida no es nada extraño, pero un dibujante sin identidad definida sí que lo es.
Comentarios de la tertulia "YamaguchiComic": Xabi Luna: [...] y para el final dejo el de diario de un fantasma, que la verdad, empezó potente, original, con una buena crítica a la industria que prima más la comercialidad que la creación y el arte, y que a la vez era una buena guía de viajes, hasta que llega a arrecife y se columpia en un trapecio satánico y nos tortura con una brasa tremebunda sobre su estancia en Brasil, hasta el logotipo se queja en el asiento del avión a sí mismo de que es un pesado. Digamos que este sería un gran ejemplo de cómo variar la trama de una historia en tres páginas, como hacer perder el interés del lector en cero coma. Como guía de viajes la segunda parte está muy bien, pero no tiene nada que ver con lo primero, así que quien mucho abarca poco emociona. Angélica: Bueno, pues ya que fui yo quien propuse Diario de un Fantasma, y aun no he oído a nadie decir demasiada cosa buena de él, voy a romper una lanza en su favor. Hay una parte de transición, en el avión, donde a través de un diálogo con su propia obra De Crecy comienza a enfrentarse con sus propios miedos. A partir de aquí se produce un cambio brusco de estilo. El dibujo se vuelve más compacto. El propio autor nos habla de su técnica y de cómo se va a remontar al pasado. El cuadro de la viñeta desaparece y el cómic se convierte totalmente secuencial y, a pesar de tener un texto con mucho contenido, el dibujo gana una ligereza notable. Esta segunda parte contiene el mayor contenido filosófico de todo el cómic, donde el autor debate consigo mismo. Nos cuenta su necesidad impulsiva de dibujar, racionaliza la misma. El arte no debe complacer al espectador. Ni siquiera perseguir parecerse a la realidad, o captar el instante. Me divierte la frase en la que envidia a los miopes. Eso sólo lo puede decir alguien que no se levanta por al mañana y lo primero que hace es echar mano de las gafas. Finalmente, en un ejercicio de valentía no teme exponerse al lector, a través de su pequeño fantasma y permite que este le sermonee. Acabamos, en esta segunda parte, por reconocer, junto con De Crecy, que su fantasma es la excusa. Que ha necesitado todo el libro para renunciar a él, y que ya en Recife tiene un encuentro con el arte puro, con el maracatú, con el pequeño escultor, consigo mismo, y que puede volar sin avión, lanzarse en picado. Cuando pierde el miedo a la muerte y a la trascendencia. Puede despedirse de su fantasma, eso sí, dejando ese pequeño punto en la última viñeta, porque del dibujo no podrá despedirse nunca. Xabi Luna: [...] debo añadir, que el dibujo de diario de un fantasma me encantó y que es muy bueno. yo no lo pongo a parir, sólo digo que la segunda parte baja el nivel que marca ala principio y rompe con la línea que apunta. de forma aislada estaría muy bien. Mariví: En contra de lo que su recomendadora oficial cree (¿existe esa palabra?), mi crítica sobre este cómic va con fuegos artificiales, banda de música y champán. Desde la primera página, me pareció que nos íbamos a llevar bien, ese dibujo, esa manera de narrar, ese fantasma...quiero tener uno igual como amigo/confidente...sublime. Me he reído y mucho con las conversaciones, con el personaje del manager sudoroso y obeso obsesionado con ligar con japonesas sólo para contarlo; me ha emocionado el homenaje final a la chica muerta, ese mensaje que interpreto como que todo fluye y todo te rodea, que sólo hay que mirar para ver y predisponerse para sentir. Las gotas de agua un acierto increible y las metaforas sobre su evolucion personal hasta encontarse a sí mismo, maravillosas. Adoro a ese fantasma. Y el realismo de los dibujos...así es como los occidentales vemos Japón: cada bote de comida, cada juego de azar, la comida, cada calle...hasta las tazas de water son para nosotros marte. Y los templos y jardines paraisos. Probablemente para ellos la sensación es a la inversa, cada tortilla de patatas, vaso de sangría y espectáculo callejero que ven en el metro es marte. Pero estaba hablando del cómic...en definitiva: PLAS; PLAS; PLAS... (aplausos). |